Carta de Roberto López Dueñas
8 de Enero de 2008.

Querido amigo:
He tardado en ver tus cuadros un poco. Algunos problemillas de tipo personal me impedían concentrarme, y no quería verlos en malas condiciones. La espera ha merecido la pena. La verdad es que no sé en qué orden felicitarte primero, si por tus cuadros…o por tu vida. Me explico: rezuman y transmiten tanta belleza, tanta paz, tanto amor a la pintura, a la realidad y a la fidelidad a un sentimiento que te aseguro que según los miraba me iba inundando una sensación de equilibrio, de dulzura, con esa luz, con ese amor…y hasta con esas pequeñas neuras compositivas que, para mi, me resultan tan familiares y hasta imprescindibles.

No sé cual destacaría. Impresionantes los del mar. El de la nieve es como un cuento, en el que en cualquier momento puede aparecer el lobo, o Robin Hood…las flores, el río.
Todos me gustan.

Lo siento, no se me ocurre nada negativo. Sé que a ti, igual que a mí en mis mejores tiempos, nos gusta que nos saquen algún fallo que nos de alguna pista para mejorar, pues todos sabemos que siempre podemos mejorar (menos el maestro Diego, claro). Pero no se me ocurre nada. Y al natural deben ser aún mejor, siempre pasa. Lo que sí se me ocurre es sugerir un tema. Estoy seguro de que lo harías perfecto. Se me ha ocurrido viendo los de los peces. ¿Has pensado en pintar, me refiero haciéndolas protagonistas absolutas, esas ondas que se forman en el agua cuando tiras una piedra? Cómo se extienden a la vez que se diluyen, me parece una buena metáfora para algunas cosas. Y lo harías perfecto. Alucinaré si me dices que ya lo habías pensado.

Bueno, espero que mis palabras te sirvan de algo, y cuando tengas cuadros nuevos ya sabes… A mandármelos. Ya me contarás.

Un abrazo, Roberto.


                                                                                                                  Roberto López Dueñas


Mi Particular Enfoque.

Mi particular enfoque ante el cuadro es, por la luz y desde el sentimiento, digamos que dejar "recado" del mundo por el que transito. Ser un buscador en tu propio mundo y escoger de lo que te rodea, o de lo que vas encontrando por tus caminos, lo que te emociona y mueve tus sentimientos a llevarte a reflejarlo en un lienzo. Uno tiene la convicción de que la luz es la magia que hace que cualquier cosa, cualquier rincón, se convierta en una gema capaz  de despertar tu necesidad de decir algo; y de decirlo principalmente para uno mismo, pues el espectador es verdaderamente hipotético, tanto, que yo creo que no se hace presente en el proceso. Quedaría muy bonito decir, como algún escritor hizo en frase afortunada, pinto para que me quieran, pero, la verdad, creo que todo el proceso es algo más interno y personal en el sentido de ser una batalla propia con el cuadro y con uno mismo simultáneamente. Entre otras cosas, uno podría pintar toda la vida y no conseguir que nadie le quisiera. Digamos qie quiero pintar el cuadro que me gustaría tener y otros pintores no me pintan. Lo importante será que el resultado está a la altura del empeño y te deje satisfecho, pues lo importante en la obra es el resultado final y no las intenciones del pintor.

La manera de enfrentarse uno al proceso es, o trata de ser, sin dogmatismos de ningún tipo y con humildad; sin pensar en corrientes conceptuales ni pictóricas. Con verdad. Yo soy yo y quedaré reflejado en el resultado final siempre y cuando la batalla haya sido, por muy dura que haya resultado, legal y sin atajos. Claro que el conocimiento técnico está allí, claro que el conocimiento conceptual e histórico están ahí, pero lo que se hace presente en el proceso es el sentimiento en estado puro y cómo reacciona éste ante el motivo. En otras palabras, mis cuadros responden al sentimiento y no a cuestiones conceptuales al uso.

Una vez que ya tengo el cuadro, ese que nadie me pintó y por el que yo me tuve que empeñar en esa lucha, si salí vencedor, y si se materializa el espectador y además le guata el cuadro, trasmitiéndole la emoción que a mi me llevó al combate, habré vencido por segunda vez.

Y si cada cuadro es una batalla, en principio ganada, una exposición es la guerra, pues es el conjunto de todas ellas. Si gané la guerra serán esos espectadores que se acerquen a ver los cuadros los que tendrán que dar el veredicto.


                                                                                                                  Bernardo Casanueva

 
 

Los cuadros van naciendo desde la emoción producida por esa vibración de un color, o por esa revelación súbita de una luz determinada sobre un objeto, paisaje o persona. Alguna vez por algún estímulo intelectual; ocasionalmente incluso, por un reto personal. Lo que no es nunca este proceso es algo sistemático, siempre es una respuesta emocional. Es el intento de  plasmar  la emoción producida por el "encuentro" con el modelo lo que lleva a tomar el pincel.

La luz es magia y hay que encontrar un camino para reflejar el impacto producido en el espectador, en este caso yo, por ese acontecimiento que se produce en un determinado momento y en un determinado sitio. Como la emoción es siempre distinta, habrá que encontrar un camino diferente cada vez, apropiado a cada emoción.

La luz; la luz y el color; el color y la luz, estrechamente ligados; como principio y resultado, una y otro. A veces la luz es tan fuerte que el color se disuelve en ella; a veces éste,  se ve potenciado.

Ocurre con frecuencia que el tema pasa a ser secundario frente a la luz. Esta se vuelve protagonista, se convierte en el tema del cuadro. Otras veces la protagonista es una armonía de color, un acorde.

Lo que detesto en el arte son las convenciones, las recetas al uso, los caminos trillados, lo que la gente espera. El pintor, creo, debe trabajar desde la libertad, desprovisto de prejuicios, casi de rodillas, con humildad, como van las abejas a las flores.  Debe enfrentar  el lienzo en blanco  en diálogo  personal con la pintura, sabedor de su poder pero sin dogmatismos, abierto a todo lo que pueda suceder por el camino del proceso pictórico, intentando dar a las formas y colores la plenitud que provocaron en él la emoción y  el deseo de intentar atraparlos. Debe subordinar a ello todo lo demás, dejando atrás   lo que de superfluo y ajeno se pudiera ir colando en la superficie del lienzo. Pero sólo el resultado final será el que hablará y dirá si el esfuerzo a merecido la pena.


                                                                                                                  Bernardo Casanueva