Texto Escrito por Antonio López García y Enrique Gran
para el Catálogo de la Exposición de 1983 en la Galería SUR de Santander.

En algunos ejercicios que realizó, en el año 1976, en la Academia donde preparaba el ingreso en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y, aún más claramente, en las pinturas sobre bodegones y en los dibujos de estatua que hizo al año siguiente, ya ingresado, Bernardo mostró las características básicas de su forma de ver y de interpretar la naturaleza. Trabajando con planos sencillos, con un lenguaje sintético sin afectación, conseguía armonías de valores cromáticos y de forma, a partir del claroscuro, sumamente acertadas.

En los siguientes cursos pintó y dibujó figuras humanas vestidas y desnudas. Su capacidad de observación y respeto por el modelo le llevó a representar unos hombres y mujeres que eran retratos, llenos de carácter y verdad plástica, a veces excepcionales, muy lejos de las normas al uso.

Poco a poco, con naturalidad, sin esfuerzo aparente, Bernardo ha ido orientando su estilo hacia lo que ha sido una de las grandes conquistas de la Pintura y que Velázquez y Vermeer de Delft  fueron precursores gloriosos: la materialización del mundo físico a partir de la luz. Todo lo que pinta, figuras humanas, flores, interiores, o paisajes, lo inunda de una luz diáfana, prodigiosa. La luz que ve con su espíritu.

Bernardo Casanueva es un retratista nato. El retrato es un género difícil. Para afrontarlo hay que tener, además de conocimiento de la pintura, unas dotes temperamentales específicas. Él se sitúa frente al modelo con ojos lúcidos, con mirada limpia, sin dogmatismos conceptuales. Siente amor hacia él, un amor que le lleva a analizarlo, a escrutarlo, con prudencia y respeto, sin crueldad, pero sin ningún tipo de temor ni sentimentalismo. Algunas figuras que hizo en Bellas Artes, el retrato de Iliana o su autorretrato son ejemplos admirables de interpretación plástica de la figura humana..

El paisaje es un tema muy querido por Bernardo y los ha pintado en sus lugares de residencia: en Madrid, en Santander, en México. Escogemos como modelo la bahía de Santander, tan pintada. El la ha visto con mirada nueva. Ha puesto sobre la tela el pálpito que el paisaje le va comunicando. Casi siempre la bahía, como tantas cosas, se ha pintado desde conceptos literarios o plásticos y no desde el sentimiento que observa.

Bernardo Casanueva es un pintor de nuestro tiempo. El camino que ha elegido para transmitir sus emociones y experiencias es en este momento árido y arriesgado. El mundo plástico de las formas reales es inagotable, pero ha sido casi exclusivamente el lenguaje del  Arte del mundo Occidental. Se ha empañado nuestra capacidad de sorpresa. Además han surgido en este siglo nuevas formas y estilos. Por tanto, dentro del Realismo, decir algo que tenga sentido y atraiga nuestra mirada es difícil. Bernardo no busca nada con su trabajo fuera de satisfacer su necesidad de pintar. Pone sobre el lienzo su bondad, su sentido ético. Esta actitud desprendida sólo se encuentra en las personas que buscan con generosidad la verdad.

El camino del Arte es largo como la vida del hombre que lo practica. Bernardo es joven, con vocación clara. Tiene talento y mucho tiempo por delante para seguir ampliando y profundizando en su labor. Que la suerte le acompañe.


                                                                                                                  Antonio López García
                                                                                                                  Enrique Gran


Texto Escrito por Carmen Canales
para la Exposición en la Galería AXEL en México D.F.

"Bernardo Casanueva la esencia de la realidad"

Pocas veces lo que empieza como un juego infantil termina por convertirse en una vocación que traduce los sentimientos  en imágenes.  Pero, con Bernardo Casanueva, esta historia se hace realidad para beneplácito de aquellos que conocemos su obra.

Su aprendizaje en la Academia de San Fernando de Madrid le proporciona la técnica que imprime a los objetos que se encuentran en sus obras.  Pero, la animación y la vida que aparecen en cada cosa, en cada ser se hacen con la convicción y con el amor de un creador de corazón.

Cuando el ojo del artista busca, elige e interpreta la realidad que le rodea, esta emerge con todo el esplendor que le otorga la creatividad de Bernardo Casanueva.

A través de su constante quehacer se aprecian los intereses técnicos y temáticos de cada una de sus etapas.  En un principio se centra en el reflejo casi fotográfico de la realidad y, poco a poco, va aislando los objetos de su interés para resaltar sus características esenciales, de manera que emergen como sujeto de la obra.  El aspecto lúdico de su creación aparece en los collages que maneja con sorprendente facilidad y donde, el mundo que ahí representa, muestra sueños impregnados de sutil erotismo.  Pero, siempre, una y otra vez, su profundo sentir se expresa en el lienzo cubierto por óleo, arena, además de hoja de oro y, donde las imágenes nos hablan de vida y esplendor.

El artista combina en sus obras la importante herencia de dos culturas riquísimas en tradiciones artísticas:  México, tierra que lo vio nacer y que posteriormente, reencuentra ya de joven, con colores, formas y luces que estaban dormidas en su memoria y de pronto, aparecen en su trabajo.

España es la tierra que lo ve crecer y formarse en una disciplina  en la que grandes maestros siempre han estado presentes desde Velásquez hasta Antonio López, le infunde la visión necesaria para elegir el objeto a representar y sacarle la esencia de su ser en una simple y perfecta pincelada.

En síntesis Bernardo Casanueva es un creador sensible a la belleza que alcanza cada uno de los seres que conforman nuestro universo, por eso su obra encanta, hechiza y atrapa al espectador.


                                                                                                                  Carmen Canales

 
 

Texto Escrito por José Marín-Medina

"El Color de la Luz"

Un perfume delicado, extraordinariamente inmaterial, se desprende del conjunto de esta exposición de jardines y paisajes de Cantabria que presenta en Madrid Bernardo Casanueva. Estamos en una exposición cuya clave se reafirma en el convencimiento individual de que todo en la Naturaleza es luz, color-luz, y no tono neutro. Resulta, pues, que el registro que rige y cohesiona estas pinturas y dibujos se concentra y se transparenta en esa tan especial y luminosa claridad que los hace distintos.

Nacido en México en 1954 y residente en Santander desde hace bastantes años, Bernardo Casanueva se viene significando como un pintor singular, acusadamente personal, que comparece en la escena artística sólo de vez en cuando y en muestras selectas, asombrando por su propósito de reserva y de soledad reflexiva, así como por mostrarse empeñado en una obra que tiende siempre hacia la introspección, la autorreferencia y la búsqueda de unos principios sobre la síntesis formal que resulten innovadores, y de unos contenidos que sean también efectivamente nuevos. Todo ello, sin romper con el caudal de nuestra tradición, y sin afirmarse en una práctica de simple continuación. Casanueva es un pintor clásico y original.

Por eso, quizás, el perfume de estas pinturas tan intensas y de estos dibujos de individualidad y de elegancia tan remarcadas nos está remitiendo a un referente de signo simbolista, y al mismo tiempo a una poética tan particular como la del paisajismo inglés.

El espíritu simbolista que alienta en estas obras hace que el pintor se guste en el exotismo de los estanques florecidos o en la visión edénica de las playas bravías, reaccionando contra la literalidad del mero ejercicio realista, e implícitamente contra las condiciones actuales de la vida industrializada. De ahí, el tono romántico que se adivina en muchas de estas composiciones, en las que Casanueva viene a expresar -con palabras de Baudelaire- que "el romanticismo no es una elección del tema ni una verdad exacta, sino un modo de sentir intimidad, espiritualidad, color, aspiración al infinito…". Por eso estas obras declaran ser, en último término, consecuencia de unas emociones, y, al fin de cuentas, no constituyen  tanto la representación de unos motivos naturales cuanto los datos y la expresión plástica de una experiencia intuitiva.

En cuanto a su relación con el paisajismo inglés, me estoy refiriendo a cómo la pintura de Casanueva es una práctica en la que se solapan Naturaleza y clasicismo. Como es sabido, el concepto -o, inclusive el movimiento- de el jardín a la inglesa, originado a comienzos del siglo XVIII, se ha venido desarrollando hasta hoy como una forma de síntesis que los arquitectos, los diseñadores y los artistas plásticos aplican a la creación de mundos simbólicos, situándolos -en su concepto y en las formas de su configuración- a mitad de camino entre "lo natural" y  la cultura clásica, obteniendo para su iconografía un contenido simbólico particular. Para ello, la práctica del arte no desdeña apoyarse en la noción estética de "lo pintoresco", que -como ha observado Yve-Alain Bois- "aunque proceda del espíritu, se fundamenta en los datos de una tierra real, así como en la observación del mecanismo concreto de relaciones dinámicas que existen en un determinado lugar físico". A este respecto, la pintura y el dibujo de Casanueva constituyen una verdadera exploración de datos formales y lumínico-cromáticos de unos espacios geográficos o "sitios" concretos, que, al plasmarse en la obra de arte, se potencian si se les aplican elementos de acentos clasicista, en especial los de "lo bucólico" o "lo idílico", característicos del lenguaje arcádico.     

Para asegurarse ese equilibrio áureo que el espíritu de lo clásico postula, Bernardo Casanueva utiliza la luz como medida constante, la línea del dibujo como estrategia de límites, y la naturaleza plana del espacio pictórico como condición bien asumida, que ayuda a superar las tensiones entre fuerzas opuestas, contribuye a dar cohesión a la composición y colabora a trascender creativamente la realidad temática, subrayando la naturaleza introvertida y esquiva de los temas que a él más le interesan. Sobre ello, la sombra de las soledades de los paisajes urbanos horizontales de Edward Hopper cruza a veces por las pinturas de Casanueva (por ejemplo, en el paisaje de amanecer que tenemos en esta exposición), al igual que otras veces se adivina una fugaz presencia de Matisse (así, en los rayados y síntesis formales de tejidos que se incluyen completando la composición de algún bodegón floral, como el que aquí se centra en un cuenco cerámico en cuyo seno flota el esplendor de unas camelias). Parecen citas sueltas e involuntarias. Con todo, Matisse y Hopper son pintores con los que nuestro artista comulga en sus afanes respectivos de ajustar y reiterar la superficie, y, sobre todo y en particular, en su extraordinaria sensibilidad a la luz.

En los paisajes de Bernardo Casanueva la figura humana no aparece nunca y ha cedido su protagonismo y trascendencia a los motivos vegetales, que se ven complementados por el agua en las representaciones de estanques y marinas, por aéreos elementos constructivos en los jardines, y, como es lógico, por arquitecturas en los cuadros de vistas urbanas. En consecuencia, el mundo vegetal cobra aquí una identidad muy acusada y una presencia fuerte, determinante, produciendo en ocasiones ese asombro infalible que provoca -por ejemplo- la imagen de una rosa roja cuando ocupa, ella sola, casi por completo el plano del espacio pictórico. Casanueva nos sitúa, pues, ante unas obras dominadas por la plenitud de lo vegetal. Ahora bien, a estos cuadros esa plenitud plástica les viene especialmente de la luz, del color-luz, a cuya consecución dedica Bernardo Casanueva sus dotes de observador y sus facultades para la representación.

La luz del cuadro, es decir, la luz que interviene en el proceso de la pintura, no es ya, evidentemente, ese agente físico que provoca el fenómeno visual común, posibilitando que nuestros ojos vean las cosas de este mundo, sino que constituye un elemento de naturaleza plástica, el cual depende de una materia -el empaste pictórico- cuyo color está dotado de mayor o menor capacidad luminosa. Como dice Osvaldo López Chuhurra, "en términos pictóricos, sin materia no hay luz. Y si la luz es color, solicitaremos una materia coloreada. Los tonos que distribuye el artista sobre la tela con el fin de lograr la sincromía (o acorde cromático), tienen mayor o menor saturación; y este grado de concentración cromática engendra energías luminosas".

Por lo tanto, en la obra de Casanueva la reafirmación de la luz como elemento clave del universo del cuadro depende de sus empeños infatigables sobre el dominio del colorido, sabiendo que, desde la perspectiva de Newton, el rojo, el blanco y el azul son los tres colores fundamentales del reino de la luz, y que el verde es la absorción por la materia de las radiaciones que no refleja, las cortas y las largas, o sea, respectivamente el azul y el rojo. Ahora bien, desde la perspectiva plástica, en el arte de la pintura a los rojos (y a los demás colores cálidos) les conviene -para su intensidad y viveza- ir formándose por capas, o sea, de manera transparente, mientras  a los azules (y a los otros colores fríos) los potencia el hecho de ser dispuestos en el cuadro de manera cubriente, empastándose y mostrándose densos. Así lo vemos plasmado de manera ejemplar en la serie de estanques y en los cuadros de flores que Casanueva presenta ahora en la Galería Ángeles Penche. Una realización tan rigurosa y pulcra como ésta lleva tiempo, pero no agota, sino que resulta muy pictórica, pues no es acartonada o rígida; al contrario, a su través, los cuadros respiran en muchos sitios y se caracterizan por una nitidez resplandeciente.

En la pintura de Bernardo Casanueva, luz y color constituyen, pues, una misma identidad, prosiguiendo nuestro artista en los principios de la organización del colorido que propusieron, entre los fundadores de la pintura moderna, Gauguin y Seurat,  y también Van Gogh y el mismo Matisse mientras se significó entre los fauves. Ésa es la constelación gloriosa en la que se inscribe la poética de Casanueva, quien usa la viveza, la intensidad e inclusive la violencia del color no para describir miméticamente los temas naturales, ni sólo para provocar vibraciones retinianas, ni para subrayar el acento romántico de ciertos motivos simbolistas, sino, sobre todo, para lograr valores pictóricos inéditos, y plasmaciones expresivas propias.


                                                                                                                  José Marín-Medina

 

Texto Escrito por el Grupo de Trabajo CIEFP
para la Exposición en el Centro de Educación de Personas Adultas de Santander. Junio de 2009.

Casanueva es un pintor interesado en la naturaleza al modo de algunos clásicos como Patinir en  El paso de la laguna Estigia, Vermeer en la vista de Delft, que buscaba la exactitud en la representación de las formas, el espacio, los elementos naturales. En este sentido se relaciona también con Velázquez, especialmente en las Vistas de la Villa Medici, donde una pincelada más suelta preludia caminos que desarrollará Goya.

Nos encontramos ante una obra que, como cualquier representación del paisaje, tiene sus  conexiones con el Romanticismo de siglo XIX. Vemos el interés por la luz de Turner y la representación de la soledad humana ante la grandiosidad de la Naturaleza de Caspar David Friedrich, aunque prescindiendo del subjetivismo y el dramatismo propios de este movimiento.

La atención al modo en que la luz incide en los objetos e inunda los espacios, relaciona estas pinturas con el Impresionismo de los jardines de Edouard Manet, los nenúfares de Claude Monet y las playas de Joaquín Sorolla.
No se puede decir que estos colores sean antinaturales, como ocurre con el Fauvismo, ya que la hierba sigue siendo verde y el cielo y el mar azules, pero esta intensidad de color, sobrepasando los límites naturales, recuerda, a veces, a Henri Matisse.

El tratamiento de algunas rocas y la intensidad expresiva que adquieren, nos recuerda a las figuras desnudas de Lucian Freud; así como el estallido del agua a David Hockney o determinados paisajes a Edward Hopper.
Por último, hay que mencionar a los dos grandes pintores que protagonizan el diálogo entre la abstracción y el realismo en la película El sol del membrillo de Víctor Erice: Enrique Gran, con esa manera de describir la profundidad, la roca y el paisaje desde su abstracción lírica y Antonio López, quien como Casanueva, comprende y admira  las vanguardias y tendencias de los siglos XX y XXI y, sin embargo, se mantiene constante en la lucha casi utópica por plasmar, en la quietud de una pintura, el incesante movimiento de lo real.


                                      Grupo de trabajo del CIEFP:
                                          Joaquín Cano, María José Velo, Blanca Greciano, Joaquín Martínez Cano,
                                          Alberto Muñoz, Luis Alberto Salcines, Lourdes Fernández Calleja.