"El color de la luz"

Un perfume delicado, extraordinariamente inmaterial, se desprende del conjunto de esta exposición de jardines y paisajes que presenta en Madrid Bernardo Casanueva. Estamos en una exposición cuya clave se reafirma en el convencimiento individual de que todo en la Naturaleza es luz, color-luz, y no tono neutro. Resulta, pues, que el registro que rige y cohesiona estas pinturas y dibujos se concentran y se transparenta en esa tan especial y luminosa claridad que los hace distintos.

Nacido en México en  1954 y residente en Santander desde hace bastantes años, Bernardo Casanueva se viene significando como un pintor singular, acusadamente personal, que comparece en la escena artística sólo de vez en cuando y en muestras selectas, asombrando por su propósito de reserva y de soledad reflexiva, así como por mostrarse empeñado en una obra que tiende siempre hacia la introspección, la autorreferencia y la búsqueda de unos principios sobre la síntesis formal que resulten innovadores, y de unos contenidos que sean también efectivamente nuevos. Todo ello, sin romper con el caudal de nuestra tradición, y sin afirmarse en una práctica de simple continuación. Casanueva es un pintor clásico y original.

Por eso, quizás, el perfume de estas pinturas tan intensas y de estos dibujos de individualidad y de elegancia tan remarcadas nos está remitiendo a un referente de signo simbolista, y al mismo tiempo a una poética tan particular como la del paisajismo inglés.

El espíritu simbolista que alienta en estas obras hace que el pintor se guste en el exotismo de los estanques florecidos o en la visión edénica de las playas bravías, reaccionando contra la literalidad del mero ejercicio realista, e implícitamente contra las condiciones actuales de la vida industrializada. De ahí, el tono romántico que se adivina en muchas de estas composiciones, en las que Casanueva viene a expresar -con palabras de Baudelaire- que "el romanticismo no es una elección del tema ni una verdad exacta, sino un modo de sentir intimidad, espiritualidad, color, aspiración al infinito…". Por eso estas obras declaran ser, en último término, consecuencia de unas emociones, y, al fin de cuentas, no constituyen  tanto la representación de unos motivos naturales cuanto los datos y la expresión plástica de una experiencia intuitiva.

En cuanto a su relación con el paisajismo inglés, me estoy refiriendo a cómo la pintura de Casanueva es una práctica en la que se solapan Naturaleza y clasicismo. Como es sabido, el concepto -o, inclusive el movimiento- de el jardín a la inglesa, originado a comienzos del siglo XVIII, se ha venido desarrollando hasta hoy como una forma de síntesis que los arquitectos, los diseñadores y los artistas plásticos aplican a la creación de mundos simbólicos, situándolos -en su concepto y en las formas de su configuración- a mitad de camino entre "lo natural" y  la cultura clásica, obteniendo para su iconografía un contenido simbólico particular. Para ello, la práctica del arte no desdeña apoyarse en la noción estética de "lo pintoresco", que -como ha observado Yve-Alain Bois- "aunque proceda del espíritu, se fundamenta en los datos de una tierra real, así como en la observación del mecanismo concreto de relaciones dinámicas que existen en un determinado lugar físico". A este respecto, la pintura y el dibujo de Casanueva constituyen una verdadera exploración de datos formales y lumínico-cromáticos de unos espacios geográficos o "sitios" concretos, que, al plasmarse en la obra de arte, se potencian si se les aplican elementos de acentos clasicista, en especial los de "lo bucólico" o "lo idílico", característicos del lenguaje arcádico.     

Para asegurarse ese equilibrio áureo que el espíritu de lo clásico postula, Bernardo Casanueva utiliza la luz como medida constante, la línea del dibujo como estrategia de límites, y la naturaleza plana del espacio pictórico como condición bien asumida, que ayuda a superar las tensiones entre fuerzas opuestas, contribuye a dar cohesión a la composición y colabora a trascender creativamente la realidad temática, subrayando la naturaleza introvertida y esquiva de los temas que a él más le interesan. Sobre ello, la sombra de las soledades de los paisajes urbanos horizontales de Edward Hopper cruza a veces por las pinturas de Casanueva (por ejemplo, en el paisaje de amanecer que tenemos en esta exposición), al igual que otras veces se adivina una fugaz presencia de Matisse (así, en los rayados y síntesis formales de tejidos que se incluyen completando la composición de algún bodegón floral, como el que aquí se centra en un cuenco cerámico en cuyo seno flota el esplendor de unas camelias). Parecen citas sueltas e involuntarias. Con todo, Matisse y Hopper son pintores con los que nuestro artista comulga en sus afanes respectivos de ajustar y reiterar la superficie, y, sobre todo y en particular, en su extraordinaria sensibilidad a la luz.

En los paisajes de Bernardo Casanueva la figura humana no aparece nunca y ha cedido su protagonismo y trascendencia a los motivos vegetales, que se ven complementados por el agua en las representaciones de estanques y marinas, por aéreos elementos constructivos en los jardines, y, como es lógico, por arquitecturas en los cuadros de vistas urbanas. En consecuencia, el mundo vegetal cobra aquí una identidad muy acusada y una presencia fuerte, determinante, produciendo en ocasiones ese asombro infalible que provoca -por ejemplo- la imagen de una rosa roja cuando ocupa, ella sola, casi por completo el plano del espacio pictórico. Casanueva nos sitúa, pues, ante unas obras dominadas por la plenitud de lo vegetal. Ahora bien, a estos cuadros esa plenitud plástica les viene especialmente de la luz, del color-luz, a cuya consecución dedica Bernardo Casanueva sus dotes de observador y sus facultades para la representación.
La luz del cuadro, es decir, la luz que interviene en el proceso de la pintura, no es ya, evidentemente, ese agente físico que provoca el fenómeno visual común, posibilitando que nuestros ojos vean las cosas de este mundo, sino que constituye un elemento de naturaleza plástica, el cual depende de una materia -el empaste pictórico- cuyo color está dotado de mayor o menor capacidad luminosa. Como dice Osvaldo López Chuhurra, "en términos pictóricos, sin materia no hay luz. Y si la luz es color, solicitaremos una materia coloreada. Los tonos que distribuye el artista sobre la tela con el fin de lograr la sincromía (o acorde cromático), tienen mayor o menor saturación; y este grado de concentración cromática engendra energías luminosas".

Por lo tanto, en la obra de Casanueva la reafirmación de la luz como elemento clave del universo del cuadro depende de sus empeños infatigables sobre el dominio del colorido, sabiendo que, desde la perspectiva de Newton, el rojo, el blanco y el azul son los tres colores fundamentales del reino de la luz, y que el verde es la absorción por la materia de las radiaciones que no refleja, las cortas y las largas, o sea, respectivamente el azul y el rojo. Ahora bien, desde la perspectiva plástica, en el arte de la pintura a los rojos (y a los demás colores cálidos) les conviene -para su intensidad y viveza- ir formándose por capas, o sea, de manera transparente, mientras  a los azules (y a los otros colores fríos) los potencia el hecho de ser dispuestos en el cuadro de manera cubriente, empastándose y mostrándose densos. Así lo vemos plasmado de manera ejemplar en la serie de estanques y en los cuadros de flores que Casanueva presenta ahora en la Galería Ángeles Penche. Una realización tan rigurosa y pulcra como ésta lleva tiempo, pero no agota, sino que resulta muy pictórica, pues no es acartonada o rígida; al contrario, a su través, los cuadros respiran en muchos sitios y se caracterizan por una nitidez resplandeciente.

En la pintura de Bernardo Casanueva, luz y color constituyen, pues, una misma identidad, prosiguiendo nuestro artista en los principios de la organización del colorido que propusieron, entre los fundadores de la pintura moderna, Gauguin y Seurat,  y también Van Gogh y el mismo Matisse mientras se significó entre los fauves. Ésa es la constelación gloriosa en la que se inscribe la poética de Casanueva, quien usa la viveza, la intensidad e inclusive la violencia del color no para describir miméticamente los temas naturales, ni sólo para provocar vibraciones retinianas, ni para subrayar el acento romántico de ciertos motivos simbolistas, sino, sobre todo, para lograr valores pictóricos inéditos, y plasmaciones expresivas propias.     

                               JOSÉ MARÍN-MEDINA